martes, 23 de julio de 2013

Flamenco. La iglesia.

Laura no sólo es la mujer más guapa de Flamenco, si no que además tiene mucho dinero. Trabaja en una peluquería en la que no peina a nadie pero que en cambio es visitada por camellos. Le traen el dinero, recogen la droga y vuelven cargados a la calle. Laura se divierte coqueteando con ellos y, algunos, si son apuestos y afortunados, tienen el honor de disfrutar de su picardía en la privacidad del cuarto de las toallas. Se casó muy joven con Víctor Gabarri, un traficante "de éxito" que se enamoró de ella, y consiguió así que el resto del pueblo la envidiase por su belleza y la odiase por su dinero. Pero a Laura le encanta. Los domingos se pone un sinuoso vestido largo, acomoda un poco de oro en los orificios de sus orejas, en las muñecas y en el cuello, coge un pintalabios bien rojo y lo va poniendo sobre sus labios, de camino a la iglesia, sabiendo que no durará mucho en su boca. Para asegurarse su momento de gloria entra ya empezada la misa, los parroquianos se giran, se arrodilla, toca su cara dibujando una cruz y durante el trayecto hacia los bancos de la primera fila se limpia el carmín con un pañuelo de papel. Sus andares mecen su melena oscura y brillante, recién lavada y sumergida en agua de romero, la viejas cuchichean, los niños se hipnotizan al ritmo de sus pasos. Y ella, siempre sonriente, disfruta de cada palabra difamadora si la oye por casualidad. El cura pide silencio y la mira con desconfianza. Ella sólo sonríe.

Hace poco que llegó el nuevo sacerdote, joven, de unos veintinueve años, pero convencido a sus ideas conservadoras de forma determinante e inflexible. El anterior murió de viejo, lo enterramos en el cementerio de la iglesia, como Dios manda. En el pueblo se sabe que Federico Jäger es extranjero por su acento sudamericano, los García, que comparten pared con la casa del párroco, aseguran que le han oído decir mientras hablaba por teléfono que es de Chile, pero yo no estoy seguro de eso, no creas nada de lo que cuenten los García. A Federico sólo se le ve cuando da la misa o pasea por el campo de los alrededores del pueblo, el resto del tiempo lo pasa refugiado en la casa de la parroquia. Nadie sabe de lo que hace allí dentro, casi nunca recibe visitas de los vecinos. Los miércoles se pasa por el mercado, hace una única compra para toda la semana y la hija mayor de los García le lleva huevos del corral cuando las gallinas están de buen poner. Creo que se llama María y que también le lleva huevos a Patricia Román, la vieja curandera que vive en la parte alta de pueblo, casi al borde del monte.

Su casa es la más antigua, según cuentan los García fue la primera que llegó a Flamenco y dicen también que ella le puso el nombre al pueblo y que antes de llegar aquí fue comadrona de partos en el hospital de la ciudad. Poco se sabe de su difunto marido, Pablo Manzano. Algunos dicen que murió durante las reformas del tejado de la iglesia, otros que Patricia lo quemó vivo cuando descubrió que le era infiel. El caso es que siempre ha vivido sola en esa casa y que realmente nadie llegó a conocer a Pablo Manzano, ni siquiera el antiguo párroco que sí conocía a Patricia desde la infancia y fueron buenos amigos. Ella, al igual que Federico, no pasa mucho tiempo fuera de su casa: se dedica a cuidar los rosales que bordean el camino hasta su puerta y otras plantas que huelen a licor y que utiliza para curar los males de los viejos y las verrugas de los niños. La gente dice que conoce toda la historia del pueblo, también el futuro. Y a menudo la visitan forasteros a pedirle ayuda para enfermedades incurables y mal de amores a cambio de una cuantiosa donación "voluntaria", claro está.

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